La escalada en el Estrecho de Ormuz dejó de ser un episodio puntual para convertirse en un factor de disrupción estructural del sistema energético global. Carlos Mendizábal, profesor del Instituto de Energía de la Universidad Austral, analiza cómo el impacto ya se extiende desde el petróleo y el gas hasta los combustibles y fertilizantes, presionando precios, cadenas productivas y alimentos, y qué implica este nuevo escenario para la Argentina: más resiliente por Vaca Muerta, pero aún expuesta a la volatilidad internacional y ante una oportunidad estratégica que exige reglas claras y visión de largo plazo.
El mercado petrolero, de GNL y de fertilizantes -que durante años operó con relativa previsibilidad- atraviesa un proceso de redefinición sin claridad sobre su futuro equilibrio. A diferencia de crisis anteriores, hoy aparecen limitaciones estructurales que hacen más incierto el escenario. En este contexto, comienza también a perfilarse una oportunidad para la Argentina como proveedor confiable de energía y recursos estratégicos.
El siguiente análisis fue elaborado por Carlos R. Mendizábal, profesor del Instituto de Energía de la Universidad Austral, y se comparte como insumo para la elaboración de notas y coberturas periodísticas.
Del shock de flujos al shock estructural
El cierre parcial o la interrupción del tránsito por Ormuz implicó la caída abrupta de uno de los principales corredores energéticos del mundo. Por allí circulaba cerca del 20% del petróleo global, una porción importante del GNL, del LPG, combustibles líquidos y de insumos clave para la producción de fertilizantes que utiliza el mundo. También hubo destrucción de infraestructura crítica, ataques a instalaciones y cierre de decenas de pozos en producción.
La consecuencia inmediata fue un shock de flujos. Pero lo relevante es que ese shock rápidamente evolucionó hacia algo más severo: un shock de oferta. La imposibilidad de evacuar producción derivó en cierres de campos, pérdidas de producción y tensiones en toda la cadena. Cuando el problema deja de ser logístico y pasa a ser productivo, la recuperación ya no es inmediata y depende de factores técnicos, financieros y geopolíticos. Esto introduce una inercia en la crisis que puede extender sus efectos mucho más allá del conflicto puntual.
Un eslabón débil: los productos refinados
La caída en la actividad de refinerías en Medio Oriente, sumada a restricciones en otras regiones, generó tensiones inéditas en combustibles como diésel, jet fuel y naftas. Europa aparece como uno de los grandes afectados, tras haber incrementado su dependencia del Medio Oriente luego de la disrupción del suministro ruso. Asia, por su parte, enfrenta escasez de crudo adecuado para sus refinerías y menor disponibilidad de productos terminados.
Países como Australia, Italia o Vietnam aparecen entre los más afectados en el corto plazo, aunque aún no está completamente dimensionado el efecto en otras economías. Lo que sí resulta evidente es que el sistema de refinación global tiene menos flexibilidad que en crisis anteriores, lo que amplifica los efectos sobre precios y disponibilidad.
Fertilizantes: un efecto menos visible pero también crítico
El Medio Oriente es un proveedor clave de gas natural, insumo central para la producción de fertilizantes nitrogenados. La disrupción en gas y derivados impacta directamente en la producción global, elevando costos agrícolas y presionando los precios de alimentos.
Este efecto, aunque menos visible en el corto plazo que el de los combustibles, puede resultar más persistente y profundo. A medida que los mayores costos de insumos se trasladan al sector agropecuario, o escasean los fertilizantes se generan presiones sobre la producción, la rentabilidad y, finalmente, sobre los precios y la cantidad de los alimentos a nivel global.
Un mercado con menos flexibilidad
Los mecanismos tradicionales para absorber shocks (reservas estratégicas, stocks intermedios, fuentes alternativas de energía) muestran limitaciones. La capacidad ociosa disponible está concentrada en la misma región afectada, las reservas fuera de estas áreas resultan insuficiente frente a disrupciones prolongadas y las opciones disponibles para morigerar los impactos implican mayores costos y tiempos.
El resultado es un mercado más volátil, con menor capacidad de respuesta y, en términos simples, con la “sábana corta”. Cada solución parcial genera nuevas tensiones en otra parte del sistema.
La dimensión financiera
Los mecanismos de cobertura han sufrido pérdidas significativas por la volatilidad extrema. Esto impacta en decisiones de inversión, planificación industrial y costos finales.
En el precio del petróleo, como en cualquier otro commodity, los instrumentos financieros tienen una enorme participación. “Aquel que vendió un futuro de petróleo para abril a 60 USD/bbl sufrió pérdidas multimillonarias”, mientras que quien estaba en la posición contraria obtuvo ganancias equivalentes. Esta dinámica amplifica los movimientos del mercado y dificulta la formación de precios de referencia confiables.
También, los costos de los seguros de transporte han crecido de manera exponencial o simplemente no están disponibles en la región.
Geopolítica en transición
La crisis acelera cambios estructurales en el tablero energético global. Pese a que hoy Estados Unidos es un gran exportador de petróleo, no está completamente blindado frente a una crisis en Medio Oriente como se pensaba. Su exposición ya no pasa tanto por el abastecimiento físico, sino por su integración al sistema de precios globales y por el impacto que estos tienen sobre su economía y su política energética.
China, por la diversidad de su matriz energética, su política internacional menos confrontativa y el volumen de sus reservas estratégicas, aparece mejor posicionada —al menos en el corto y mediano plazo— de lo que se preveía. Sin embargo, su alta dependencia de flujos provenientes del Golfo mantiene una vulnerabilidad estructural si la disrupción se prolonga.
Rusia se ve beneficiada, ya que, dada la escasez de petróleo, algunas sanciones se han relajado o han perdido efectividad en la práctica. La necesidad global de asegurar abastecimiento ha revalorizado sus exportaciones y le ha permitido recuperar protagonismo en ciertos mercados.
Europa enfrenta las consecuencias de sus decisiones energéticas recientes, con una fuerte dependencia externa y limitaciones en su capacidad de respuesta. La decisión, impulsada por sectores ambientalistas, de cerrar plantas de energía de combustibles fósiles o nucleares, primero; luego, la pérdida del suministro ruso; y ahora, las tensiones en Medio Oriente dejan en evidencia la fragilidad de su esquema energético y la dificultad de sustituir fuentes en el corto plazo, afectando la vida cotidiana y la competitividad de sus industrias.
Muchos países de Asia están sufriendo racionamiento de suministro o directamente falta de energía, junto con aumentos significativos de precios. En varios casos, los gobiernos ya han comenzado a intervenir con subsidios, controles o medidas de emergencia, lo que refleja la dimensión económica y social que está adquiriendo la crisis.
Seguridad de suministro
Algo de lo que el mundo se ha concientizado en estos últimos 45 días es la importancia de que la energía nos llegue siempre en forma segura y confiable. La energía, en todas sus formas, es transversal e instrumental a la manera en que el ser humano vive en la actualidad. Todas, sin excepción, las actividades de la humanidad están afectadas por ella: lo que comemos, cómo nos vestimos, cómo nos movemos, dónde y cómo vivimos, cómo nos comunicamos, cómo nos curamos y cómo aprendemos. Si quiere imaginar cómo sería un mundo sin energía abundante y disponible, solo piense cómo vivía el hombre en la Edad Media.
La relativa estabilidad de las últimas décadas había llevado a olvidar o subestimar este factor. Hoy vuelve a ocupar un lugar central porque se ha tomado conciencia de que no es posible sostener el funcionamiento de nuestras sociedades como estamos acostumbrados sin una fuente segura, confiable e ininterrumpida de energía.
Argentina
En el caso de Argentina, el impacto de la crisis de Medio Oriente se manifiesta principalmente a través de aumentos de precios, más que por restricciones físicas de abastecimiento. El país tiene hoy una posición favorable en términos de disponibilidad de crudo y gas gracias al desarrollo de Vaca Muerta, lo que le otorga cierto grado de resiliencia frente a disrupciones externas de este tipo. También, su parque de refinación ofrece buena capacidad para enfrentar la demanda, aunque la oferta se puede ver tensionada durante la época de cosecha gruesa, cuando el consumo de diésel aumenta significativamente.
Sin embargo, Argentina no está aislada del mercado internacional. Los precios locales de combustibles, fertilizantes y energía eléctrica están directa o indirectamente influenciados por la dinámica global. Un aumento sostenido del precio del petróleo y de los productos refinados presiona sobre los costos logísticos, el transporte y, en última instancia, la inflación. A esto se suma la necesidad de importar energía en los picos de frio del invierno, lo que incrementa la presión sobre las divisas y los precios.
Otro frente particularmente sensible es el de los fertilizantes. Argentina es un consumidor relevante de urea y otros insumos nitrogenados, cuyos precios están fuertemente atados al gas natural internacional y a los mercados globales. Una disrupción prolongada puede traducirse en mayores costos para el agro, afectando márgenes, decisiones de siembra y niveles de producción.
Dado el peso del complejo agroexportador en la economía argentina, este canal indirecto puede tener impacto tanto en la productividad y márgenes del campo, como en generación de divisas.
De cualquier manera, esta crisis de la energía toma a argentina mucho mejor parada que hace dos años y los impactos serán muy menores en comparación a los de la mayoría de los países del mundo
Pero la crisis también abre una oportunidad. En un mundo que vuelve a priorizar la seguridad de suministro, Argentina puede posicionarse como proveedor confiable de gas, petróleo y, en el futuro, GNL, así como de minerales críticos. Para capitalizar esta oportunidad son claves políticas de largo plazo que fomenten la inversión, aseguren estabilidad regulatoria y garanticen el respeto a los contratos.
Aquí será determinante la política que adopten los próximos gobiernos: evitar decisiones de corto plazo que desalienten la inversión y terminen comprometiendo el desarrollo del sector. En otras palabras, que Argentina no “mate la gallina de los huevos de oro” justo cuando el contexto internacional vuelve a poner en valor sus recursos.
¿Qué viene ahora?
El conflicto aún no ha terminado, pero ya está claro que el mundo entero enfrentará, por un tiempo prolongado, un proceso de reordenamiento de sus fuentes de energía hasta alcanzar un nuevo equilibrio. Esto implicará la aparición de nuevos proveedores, cambios logísticos, el desarrollo de fuentes alternativas, la redefinición de flujos comerciales, transformaciones financieras y ajustes significativos en los precios, entre otros cambios.
La duración del conflicto y la velocidad de recuperación de la oferta siguen siendo incógnitas. Pero lo que ya no admite dudas es que esta guerra introdujo cambios estructurales en la industria energética global. El sistema energético, al menos por un tiempo no menor, dejará de operar bajo los supuestos de estabilidad de las últimas décadas. El costo de la energía será más volátil, las decisiones estratégicas deberán ser revisadas y la seguridad de suministro pasará a ocupar un lugar central que hasta ahora no había tenido.
Conclusión
La crisis de Ormuz no es coyuntural, sino estructural. La energía —el petróleo, el gas, los combustibles, las renovables— es absolutamente esencial para el funcionamiento del mundo moderno. Cuando alguno de estos pilares se ve afectado, no se resiente un sector: se resiente toda la economía global y la vida cotidiana de la humanidad-
Más que nunca, la seguridad de suministro pasa a ser el eje central de las decisiones de inversión y de la geopolítica global. Y en ese nuevo contexto, argentina enfrenta un punto de inflexión: por sus abundantes recursos energéticos, mineros y humanos, tiene una oportunidad relevante —pero no automática— de cambiar de manera sustancial el bienestar futuro de sus ciudadanos.
Para aprovecharla, deberá sostener políticas de Estado y de largo plazo, generar confianza internacional y cumplir de manera consistente sus compromisos. La historia reciente muestra que este ha sido uno de sus principales déficits. La diferencia, esta vez, es clara: transformar la oportunidad en desarrollo… o volver al pasado.
